lunes, 18 de noviembre de 2013

AUTONOMÍA, LIBERTAD Y EMANCIPACIÓN EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO MODERNO


por Diego Hernán Barbagelata

  


    Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, 
dotados como están de razón y conciencia, 
deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos 
(10 de diciembre de 1948)


      Este primer artículo de la Declaración Universal de Derechos Humanos pone de manifiesto el deseo natural que todos poseemos de ser libres. Sin embargo, la propia declaración encierra una contradicción al decir que los hombres “deben comportarse fraternalmente unos con otros” ¿Qué ocurre si ese comportamiento fraternal implica dejar de lado los mandatos de mi propia voluntad? ¿No estaría entonces dejando de ser libre? ¿Es posible compatibilizar la libertad personal con la vida en sociedad?
       Este tema ha sido abordado por importantes pensadores modernos, cada uno ha presentado el problema y ha intentado brindar una solución: en este trabajo veremos lo que han aportado a la cuestión Jean Jacques Rousseau y Georg Wilhelm Friedrich Hegel.
     Antes de Rousseau, el filósofo Inglés Thomas Hobbes había abordado el problema del hombre y la libertad: para Hobbes la libertad es la ausencia de impedimentos, el ejercicio del libre arbitrio subjetivo. Es una libertad qué, para Hobbes, se encuentra en el estado de naturaleza del hombre. Pero ejercer esa libertad pone en riesgo la vida del propio ser humano, pues se producirá un enfrentamiento potencialmente mortal cuando la libertad de un hombre entre en conflicto con la libertad de otro. De tal manera que el hombre viviría en un permanente estado de lucha. Por lo tanto se requiere de una ley que limite el derecho natural del hombre.
Rousseau discutirá este argumento de Hobbes al decir que parte de un error: el pensar que el hombre natural tiene las mismas necesidades que el hombre civil, es decir el que vive en una sociedad. Según Rousseau, el hombre natural no entrará en conflictos con otros, pues le basta con muy pocas cosas para satisfacer su instinto de supervivencia, que denomina el “amor de sí”. Las guerras no son  producto del hambre, sino de la avaricia, cualidad de la que carece el ser humano en estado natural. Por otra parte, Rousseau alude a un instinto natural del hombre que es el de sentir piedad por sus semejantes.
      ¿Dónde nace el problema? Cuando el hombre natural se convierte en hombre social. Al vivir en una sociedad, esa piedad innata del hombre se debilita. El “amor de sí” degenera en “amor propio”, que ya no es el simple instinto de supervivencia, sino el deseo de superioridad y de reconocimiento de los demás. Con la acumulación de bienes y recursos surgió la verdadera guerra de todos contra todos: los que no tienen roban a los que tienen y los que más poseen abusan de su poder quitándole a los más débiles. Así, en clara diferenciación con Hobbes, Rousseau dice que el estado de sociedad y no el natural es el que lleva a una situación caótica. ¿Qué solución propone a esta situación? Rousseau lo llama “El contrato social”. Este contrato o pacto social persigue el objetivo de restituir la libertad y la igualdad entre los hombres. Para ello es necesario avanzar a un tercer estado en la condición humana: el hombre natural, que pasó a ser hombre civil, debe convertirse ahora en hombre político.
      A partir del contrato social, aparece un nuevo sujeto: ya no será el hombre como individuo, sino como ciudadano, quien comparte con otros el reconocer su libertad en la capacidad que posee de gobernarse a sí mismo. La libertad, para Rousseau, será entonces la autonomía. El contrato social establece que todos los miembros del pacto son partes indivisibles de un todo, donde cada uno pone en común con los demás sus fuerzas para defender los intereses del nuevo cuerpo político. Los individuos pierden su libertad natural, aquella que poseían en el estado de naturaleza; pero adquieren la libertad política. Esa libertad reside en que el ciudadano, como individuo, cumple el papel de súbdito pues tiene que cumplir las leyes. Pero esas leyes las dicta él mismo, como parte de un cuerpo político que actúa como soberano.
       Así, la libertad que propone Rousseau, es la que representa la voluntad general. Para que esto sea posible la capacidad de decidir de los individuos que componen el cuerpo político debe ser inalienable. Solo así, al participar de forma directa en la toma de decisiones, el individuo sentirá que la ley que obedece responde a su propia voluntad, aunque ya no concebida como voluntad individual, sino como voluntad general. Así, un mismo hombre tiene tres voluntades: La individual; la que tiene como soberano y la voluntad general que posee como ciudadano.
Esta propuesta de Rousseau, la del hombre político que surge a partir del contrato social, parecería dirimir las diferencias entre el hombre natural y el hombre civil: pues aceptando la voluntad general se supone que el individuo ejerce su derecho natural de libertad en armonía con la libertad individual de los demás miembros del pacto. Sin embargo, este ideal supone una concordancia total entre la voluntad general y la voluntad individual. Concordancia que en la práctica no es real. Más bien, existe una tensión entre ambas. 
      Esta tensión se da porque en la mayoría de las sociedades actuales las decisiones políticas no son tomadas en forma directa por todos los súbditos. ¿Cómo conciliar la tensión entre la voluntad individual y la voluntad general?
     Alguien que sobresalió entre quienes quisieron dar respuesta a esa pregunta fue el filósofo alemán Hegel. El acuñó el término Sittlichkeit, que no tiene una traducción directa al español. La palabra que se ha impuesto en nuestro idioma para referirse a este concepto alemán es “Eticidad”. ¿A qué se refiere Hegel con eticidad? Es el punto de vista desde el cual es posible explicar la totalidad del mundo social sin reducirla, o hacerla depender, de la conciencia individual. En otras palabras, es en la eticidad donde pueden convivir lo individual y lo general. Para Hegel, el modelo por excelencia de eticidad se daba en la polis griega. Tal como explica Esperanza Durán: “En Grecia antigua, pensaba Hegel, el hombre era libre, porque su vida privada no se oponía a su vida pública; el individuo y la polis vivían en una unidad orgánica; la identificación del hombre con su ciudad era tal que su propia individualidad desaparecía.” Por lo tanto, también para Hegel la libertad se logra con la Autonomía, pero dentro de un Estado de las características de la antigua Atenas.
Ese es el Estado que Hegel pretende para conciliar la tensión entre la voluntad individual y la general; un Estado en el que se pueda ser verdaderamente libre aun viviendo en sociedad. Para ello el Estado no debe ser considerado un artefacto externo. El individuo debe reconocerse como tal en relación con el Estado, formando así una totalidad orgánica. Para llegar a tal concepción del Estado, Hegel recurre a la dialéctica, método de conocimiento que consta de tres pasos o momentos: una afirmación, una negación de esa afirmación y una reconciliación de los momentos previos. En la teoría política de Hegel estos tres momentos serán:
  • Derecho: Constituye el momento de lo universal abstracto; conjunto de leyes reconocidas.
  • Moralidad: Constituye el momento de lo particular concreto; nociones de bien y mal que guían subjetivamente el comportamiento del individuo.
  • Eticidad: Momento de lo Universal concreto; reconciliación de los pasos opuestos anteriores.
      ¿Cómo se llega al momento de la eticidad? Para Hegel tiene lugar en tres formas ascendentes de la vida comunitaria: la familia, la sociedad civil y el Estado.
      La familia, según Hegel, es una unidad inmediata en irreflexiva “caracterizada por el amor como sentimiento de espíritu de su propia unidad”. En este ámbito los hombres realizan su primera identificación en común con una unidad más amplia. Ahora, al basarse en un lazo sentimental y no racional, la familia no es suficiente para lograr la eticidad. Se pasa así al siguiente grupo: la sociedad civil. Aquí se establece una relación comunitaria, ya no basada en el amor, sino en el reconocimiento del otro como ser humano, con intereses comunes. Sin embargo, dentro de la sociedad civil se persiguen los intereses particulares, no los generales. Termina siendo un campo de batalla donde se enfrentan los intereses particulares de los individuos, por lo tanto tampoco acá se alcanza la eticidad. Por lo tanto, debe ser una comunidad más amplia la que reconcilie la voluntad individual con la general; aparece así el Estado como la más plena forma de eticidad: “El Estado es la realidad de la idea ética”, en palabras de Hegel. 
      Pero recordemos que el Estado al que se refiere Hegel, no es un ente ajeno, separado. Más bien, es donde se logra que lo universal se fusione con la plena libertad de sus miembros particulares y con el bienestar individual. Para Hegel, la libertad concreta solo puede realizarse en el Estado. Es allí, en este Estado que se da de forma natural, donde el individuo, como miembro de una realidad mayor, encuentra su liberación.

      Al comienzo hablamos de la necesidad innata del hombre de ser libre; necesidad que ha sido reconocida como un derecho, siempre y cuando el ejercicio de esa libertad no suponga un peligro para las relaciones fraternales entre los hombres.
      Conciliar la tensión entre voluntad individual y voluntad general es posible, para Rousseau, con la creación de un contrato social donde el individuo actúe a la vez como súbdito y como soberano. Para Hegel, en cambio, la conciliación surgirá naturalmente cuando el hombre reconoce que su relación con los demás puede darse exclusivamente en el Estado, un Estado diferente a la concepción que se le dio tradicionalmente como un artefacto externo, sino uno que sea la encarnación de la eticidad.

BIBLIOGRAFÍA:
BENOIST, Alain de, Releer a Rousseau. Disponible en: http://alaindebenoist.com/pdf/releer_a_rousseau.pdf 
Capturado el 8 de agosto de 2013
DRI, Rubén, "La filosofía del Estado ético. La concepción hegeliana del Estado" en Borón, A. (comp.) La filosofía política moderna. De Hobbes a Marx. ISBN 950-9231-47-9
Buenos Aires: CLACSO, abril de 2000. 
DURAN, Esperanza, "Nación y Estado: el concepto de “pueblo” en Hegel" en Revista Dialéctica, Año IV, Nro. 7, 1979, p. 43-57
HERRERA, José Rafael, "Historia y eticidad en la filosofía de Hegel" en Estudios Hegelianos, Febrero de 2009. Disponible en: http://www.estudioshegelianos.org/ensayos/articulos/Herrera-Historia_y_eticidad_en_la_filosofia_de_Hegel.pdf Capturado el 17/09/2013
ROUSSEAU, Jean Jacques, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Madrid, 1923
ROUSSEAU, Jean Jacques, El contrato socialMadrid: Espasa Calpe, 1999.
 

Cátedra: Historia del Pensamiento Político
Profesora: Liliana Ponce
Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González
Comisión 3° A. Turno mañana. Año 2013